Para esta tarea fueron destinados dos trabajadores municipales que comenzaron con la construcción de la base que, una vez culminada fue cubierta con piedras laja. La Cruz, de granito reconstituido, ya venía con el cristo, y tan solo debía colocarse en la base. Y así lo hicieron los trabajadores. Todo parecía normal...
Esa noche una fuerte tormenta, típica de esa época del año, hizo sucumbir la cruz sostenida por un cemento aún sin fraguar. La cruz no pudo soportar la embestida del viento, siendo su mismo peso quién la derribó. Con la caída, un brazo del Cristo se desprendió, como si el diablo quisiera aumentar el dolor de la crucifixión. El Cristo sufrió, además, cachaduras en varias partes incluida la cara.
A la mañana siguiente la noticia llegó inmediatamente al Intendente quién se apersonó para observar lo sucedido, dando la orden de retirarlo. Una vez que llegó el carro tirado por dos caballos, se cargó al Cristo descalabrado. El nuevo destino era el corralón municipal. Lentamente los dos caballos iniciaron el recorrido de unos 800 metros. Al llegar, los carreros buscan ayuda para bajar al pesado Cristo y su cruz, pero enorme fue su sorpresa al ver que la imagen no estaba colocada como ellos lo habían hecho. Y resultaba muy difícil que por el traqueteo del carro hubiera tomado esa posición, pues la marcha había sido extremadamente lenta. Hubo que esperar un buen rato para que los carreros y sus ayudantes se animen a bajar el Cristo de la chata. Pronto la voz comenzó a correrse por todo el corralón. La cosa se dividió en los crédulos y los que no.
A los pocos días Salamone se anotició del percance ocurrido a su Cristo. Inmediatamente ofreció otro nuevo, el que llegó un mes más tarde para emprender idéntico recorrido. Finalmente el Cristo sustituto fue erigido en la bifurcación. Y allí estuvo imperturbable hasta que sus pies comenzaron a mojarse en 1986 por las aguas del desbordado Lago Epecuén, alcanzando su sufrido pecho en 1992, momento en que el lago alcanzó su máximo nivel. El Cristo suplente se mantuvo incólume, salvo por el accionar del agua salada que fue corroyendo su esqueleto férreo, dejando sus manos en tristes muñones. Puede que ese haya sido su destino. ¿Que hubiera sido de éste Cristo Suplente si aquel primero no hubiera sucumbido esa noche tormentosa?
Un rincón polvoriento del corralón municipal fue el hogar del verdadero Cristo, el despedazado esa noche tormentosa. Nadie se aventuraba a emitir una opinión sobre su destino.
Ramón Arano había comprado en 1904 el campo conocido como "Las Calaveras" en el cuartel VII del partido de Adolfo Alsina, vendiendo en 1906 al ferrocarril cuatro hectáreas y unos metros para Estación, la que sería inaugurada en 1907 bajo el nombre de 'Malabia'. Un par de años más tarde, en 1909, su hijo hacía una presentación para que la estación llevara el nombre de su padre. La estación del paraje pasaba a denominarse 'Arano'.
Sucedió que Martín E. Arano, uno de los hijos de Ramón había presentado en julio de 1907 al Ministerio de Obras Públicas la aprobación de los planos de un pueblo y colonia en el paraje. Luego de unas objeciones es aprobado el proyecto, por eso el cambio de nombre de la estación. Para 1913 la población había crecido al ritmo del tren y la agricultura, incluso ésta llegó a solicitar la apertura de Paso a Niveles pero la empresa argumentó no tener facultades para ello. El Gobierno insistentemente requería la presentación de Arano para escriturar a favor del fisco las reservas destinadas a uso públicos. Finalmente en 1921 ante la no presentación de éste, se resolvía desaprobar los planos del poblado de 'Arano'. Arano pasaba a ser un poblado desconocido por el Estado.
En su apogeo los Arano en su estancia, aficionados todos al fútbol, habían levantado antes de 1919 una cancha con una tribuna techada, la que hoy es considerada una de las primeras de Latinoamérica.
En los años veinte y treinta a los Arano no les fue muy bien. La sequía arreciaba. El pueblo no prosperaba. El loteo era casi inexistente. De a poco debieron ir vendiendo las enormes extensiones de campo que tenían allí. Un gran sueño se transformaba casi en una pesadilla. La fortuna que hacen los padres se las gastan sus hijos, dice una frase en estos pueblos de la campaña, en donde cada poblador lleva un registro, cual balance mental, de aquellos que hicieron fortuna y sus hijos no supieron, por lo menos, mantener.
La Estancia entonces, promediando los años treinta, pasaba a manos de Juan Marcalain quien desde 1936 había sido 'electo' Intendente del partido de Adolfo Alsina.
Un hijo y una hija de Don Ramón, quedaron viviendo en el casco, como resignados a perder su historia, su pasado. Solo les quedaba ese apellido que para los que habían conocido a su padre, era digno de un enorme respeto.
Al Cristo descalabrado, depositado en un lúgubre rincón de ese galpón de las caballerizas municipales, lleno de polvo, le estaba por llegar otra nueva oportunidad. Como el Cristo había sido otorgado a su señora esposa, el intendente Marcalain dio la orden de restaurar el brazo roto y las cachaduras.
El Cristo ya reparado inició un camino de más de 70 km hacia un destino, para él, incierto. A Marcalain se le había ocurrido que el gran médano, ubicado a la izquierda de la larga entrada de su flamante estancia, sería un buen lugar. Pero la cruz había sido reutilizada con el Cristo que marcaba el camino a Epecuén, así que había que buscar otra. Varios árboles viejos y secos, de los primeros plantados por Don Ramón fueron inspeccionados por Marcalain. Finalmente se decidió por uno de ellos y allí fueron los carpinteros de la estancia a confeccionar la cruz. María Arano, 'la Niña' como era conocida en la Estancia, aquella que se había resistido a dejar su lugar, se enojó mucho, pues el árbol adoptado era uno de los primeros que su padre había plantado y cuidado con especial esmero. Para María era como si le estuvieran quitando un brazo. Es que el árbol sintetizaba la vida misma de su padre. Tanto él como el árbol habían ganado la batalla al desierto. Ambos habían luchado palmo a palmo. El Hombre le brindaba agua, el árbol le devolvía el favor con sombra. Ahora que ambos estaban muertos, el árbol aún permanecía íntegro, de pie, mirando como crecían sus hijos a su alrededor, como lo hizo don Ramón.
Allí fue Juan Marcalain, como buen político, a hacerle entender a María que, el mejor destino para ese árbol, ya condenado a desaparecer, era ser la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. El árbol así -le dijo-, continuaría plantado por muchos años más.
Poco tiempo después todos los árboles secos del casco de "Las Calaveras" fueron arrancados para dar lugar a otros. Sólo se salvó ese pedazo de tronco que fuera talado para servir de Cruz en lo alto del médano. Gracias a ello se mantuvo por alrededor de treinta años más en la Estancia, hasta que su madera se pudrió.
El Cristo del Médano, aquel que el destino quiso que no fuera su emplazamiento la orilla del lago Epecuén, para algunos hoy resulta milagroso. Cuentan los actuales propietarios de "Las Calaveras" que 'Tito' Mulberguer es un fiel devoto del "Cristo de Arano". Mulberguer, ya casi desesperanzado porque su hijo no había podido ingresar a la Facultad de Medicina, pese a dos intentos, estando en Arano efectuó una promesa al Cristo, a cambio de una peregrinación a pie desde Salliquelo. Su hijo finalmente ingresó y pudo graduarse de Médico, ejerciendo en una clínica de Luján, en donde una gran foto del Cristo del Médano de Salamone domina su consultorio. Y cada vez que pueden se hacen un viaje parta agradecerle.
Hoy el Cristo sigue firme, al pie del médano, sufriendo los azotes del viento, del sol, del frío, del agua. Sufriendo como sufre su reemplazante en el viejo camino a Epecuén, con la salada agua a sus pies.
Salamone, entonces, tiene dos Cristos en Adolfo Alsina.
Agradecimientos:
A Juan Schachenmayer y familia, propietarios de "Las Calaveras" quiénes aportaron invalorables y reveladores datos sobre esta desconocida historia de nuestro original Cristo, que hoy desde la altura de un médano ve pasar a los pocos pobladores que quedan de aquel sueño de los Arano.
Fotografías y texto del licenciado Gastón Partarrieu.
Director del Museo Regional "Dr. Adolfo Alsina"